Edipo y Horus

Brumaria. El texto que ofrecemos continuación es el resultado del intercambio epistolar dado entre el crítico de arte Carlos Jiménez y las psicoanalistas Montserrat Rodríguez y Beatriz García a propósito de las relaciones entre Sigmund Freud y Jacques Lacan mediadas por las figuras de Edipo Rey y de Horus. Brumaria asume que este diálogo es inconcluso.

 

Carlos Jiménez:

Creo que cabe pensar la relación entre Jacques Lacan y Sigmund Freud desde la lógica (encubierta) del asesinato del padre. Porque qué otra cosa ha hecho Lacan distinta de matar al padre Freud mediante una reinterpretación tan avasalladora y formidable de su obra que ha terminado por desplazarla.  Ahora se lee a Freud como un antecedente, una fuente, una inspiración o un motivo de los seminarios de Lacan y no porque sus escritos valgan suficientemente por sí mismos. Su consistencia antes tan firmemente asentada hoy está en entredicho. Y el común de los psicoanalistas ahora son lacanianos en vez de freudianos y la venerable asociación psicoanalítica internacional, de la que el propio Lacan fue expulsado, sobrevive en la penumbra al contrario de lo que sucede con los carteles lacanianos que exhiben una vitalidad envidiable.

Este desplazamiento letal del pensamiento del uno por el del otro, del estilo diáfano del uno por el intrincado del otro, del maestro por el discípulo, del padre por el hijo en suma, podría condensarse en la figura de Edipo, asesino de Layo, su padre. Pero si lo hiciéramos nos mantendríamos todavía en un terreno freudiano y de alguna manera traicionaríamos la novedad incuestionable del discurso lacaniano. Su complejidad, su sutileza y sobre todo el giro copernicano que supone que el mismo pivote de una manera verdaderamente decisiva sobre la castración. Por lo que convendría cambiar de tercio y apelar a otra figura, alegórica o legendaria si se quiere, capaz ella sí de condensar y poner en escena en términos imaginarios el diferendo que se da entre Freud y Lacan en torno a la castración. Esa figura es para mí la de  Horus, el egipcio. Cierto, también podría acudirse a la figura de Saturno que en la Teogonía de Hesíodo castra a su padre Cronos y libera a la madre Gea de la legión de hijos no natos que abultan sus entrañas. Pero la figura de Horus  aventaja a la de Saturno en este caso porque él es hijo de la castración  como no lo son ni Saturno ni el propio Edipo, ni ninguna otra figura mítica o legendaria. En la versión que ofrece Plutarco del mito su padre, Osiris, es asesinado por su hermano Seth, quien no conforme con matarle lo descuartiza y desperdiga los trozos por todo Egipto. Isis, su esposa, privada del objeto de su deseo, se da a la tarea de recuperarlos con el fin de recomponer su cuerpo. Pero no logra recuperar su pene, por lo que se ve obligada a emplear la magia para reemplazarlo con el fin de que Osiris pueda copular con ella y preñarla antes de regresar definitivamente al reino de los muertos.  Ese pene cortado, extraviado, fantasmal, sustituido por arte de magia por otro resulta una representación muy apropiada del Falo en cuanto significante de la castración que media la relación entre el pene que pertenece al ámbito real y el falo que pertenece al de la imaginación. Isis, la esposa viuda de Osiris desea el pene castrado, el pene que ha sido separado del cuerpo como estaba ciertamente separado del cuerpo el falo exhibido y festejado en las orgias dionisíacas y en los rituales de fecundidad de la antigua Roma, donde se le representaba siempre en perpetua en erección. Pero Isis solo puede satisfacer su deseo gracias al lenguaje que le ofreció las palabras con las que proferir el conjuro que transformó la materia inerte en el pene erecto que la penetra, satisface y fecunda. Lacan habría añadido que el significante que articula al conjuro es el Falo, el significante de la castración cuya función de enlace en la constitución y circulación del deseo es realizada por el conjuro.

Hay una escultura de Joseph Thorak que resulta sintomática. Es una escultura de bronce en la que Horus aparece representado como un hombre con cabeza de halcón o de milano. Está completamente desnudo y el punctum barthesiano lo pone el hecho de que sus manos están dispuestas de tal manera que enmarcan su pene, llamando la atención sobre él mediante un gesto que es tanto exhibicionista como protector. Como si con el mismo movimiento con que llama la atención sobre la prueba más fehaciente de su virilidad quisiera protegerla de una inminente agresión. Esta ambigüedad de la relación del Horus de Thorak con su pene, esa sombra de temor que la asedia, resulta extremadamente reveladora cuando se la contrasta con el hecho de que Thorak fue, junto con Arno Breker, los dos escultores por excelencia del nazismo. Ambos fueron los encargados de darle cuerpo a los paradigmas del guerrero y del atleta exaltados por una cultura híper masculinizada. Que quizás debido a este énfasis en vez de librarse del miedo a la castración lo conjura acudiendo a quien como Horus lo encarna como nadie.

(Ver la escultura de Thorak abajo)

Montserrat Rodríguez Soto:

Querido Carlos, muchas gracias por tu acercamiento al psicoanálisis y por la confianza en mí lectura. Un placer leer tus escritos.

La lectura que Lacan hace del texto freudiano es fundamental para acceder a la lógica del texto de referencia, el de Freud. Por otra parte, el texto de Lacan sería ilegible sin conocer lo que causa su estudio: el monumental trabajo de Freud, síntoma de la discursividad que genera la época en la que se produce. Síntoma (por ahí ya estaba la escritura de Mallarmé) y fundamento de un nuevo discurso, el psicoanalítico, contemporáneo de la otra novedad discursiva que cierra la modernidad, el marxismo (así si seguimos a Foucault… yo lo sigo). Ni Freud ni Lacan abandonaron la ambición de mostrar/ demostrar la dimensión científica de un discurso que trabaja con lo que la ciencia descubre y con lo que es científicamente imposible de considerar: la castración: el mítico objeto insustituible, la falta de significación en el Otro. Freud va construyendo los mitos necesarios, los montajes que irán dando consistencia metapsicológica a las observaciones clínicas (fenomenología y sintomatología del malestar), siempre articulada a la relación del sujeto con la castración. Relación en la que se articula a la consistencia de acto/ acontecimiento (lo indecible, el trauma, la repetición, lo indecible, lo real…). Lacan no va más allá de Freud, pone en forma lógica lo que para Freud ya tenía esa consistencia, pero sin formular: no le dio tiempo…  ni pudo contar con los auxilios teóricos de los que se fue valiendo Lacan para poner en forma lógica el discurso freudiano. La dilución del nombre del padre ya está en Freud, pero sin enunciar. Y no puede ser de otra manera; está diluido en tanto que el padre es una función, una función lógica que se puede articular o no al padre de la realidad. Porque el padre, la función paterna, es el deseo de la madre. Es lo que la madre, que es otra función, desea más allá del hijo. Lo que Lacan va formulando a lo largos de treinta y tantos años de enseñanza y de clínica es lo que late en el texto freudiano.

Una cosa son los lacanianos ¿? y otra Lacan. Es imposible trabajar con el texto de Lacan sin haber leído a Freud, a los postfreudianos y un etc. amplísimo. Por otra parte, no es posible, no para mí, hacer las lecturas necesarias para poder leer a Freud con suficiencia, dada su inmensa cultura. Y otro tanto con Lacan. No concibo que alguien se proponga leer el texto de Lacan sin haber escudriñado a fondo, por ejemplo, El proyecto de una psicología para neurólogos, texto al que vuelve Lacan dejando de explorar la segunda tópica freudiana y sus derivas. Tampoco podemos decir que leemos el texto de Lacan sin haber leído a Klein, a Ferenczi, a Winnicott… entre tantos y excelentes clínicos. Tampoco se puede decir que leemos a Lacan sin haber entrado a fondo en su tesis doctoral, tesis psiquiátrica y último avance de la psiquiatría contemporánea, texto fundamental para el pensamiento psicoanalítico, me atrevo a decir, aun siendo una tesis médica. Algo así pasa también con los textos pre psicoanalíticos de Freud, el Freud neurólogo.

Los lacanianos: todo un tema, sí. Habría que ver críticamente por dónde circulan «nuestros éxitos»… Y no pretendo apedrear mi tejado. Que conste.

Bueno, el cuerpo y sus vicisitudes… el psicoanálisis y las suyas: la IPA, los lacanianos y sus movimientos. Acabo de recordar que el primer texto en el que Lacan plantea pensar los tres registros (RSI) como las tres variables para pensar el sujeto como función es de 1953, año de la escisión de la IPA y de la fundación de la SPF, con Lacan, expulsado de la IPA, Lagache, Dolto y otros… Más de sesenta años de lacanismo, aún disuelta la escuela que él mismo fundó.

Muy interesante la escultura que seleccionas para pensar la dimensión imaginaria de nociones como las de falo y castración… También evoca otras nociones, las de sublime y sublimación… y la de cuadro. La sublimación doblemente representada: en el producto (la escultura) y en el encuadre/ protección o apartamiento de un fragmento del cuerpo, el fragmento que inquietaba a Juanito, el hijo del amigo de Freud que se nos hizo músico… Todo encuadre es una protección en tanto segrega de lo absoluto, representado en un cuerpo mi(s)tificado, significando la diferencia. Significar la diferencia supone dar lugar al deseo, a lo faltante… y esta escultura lo representa, re-presenta el marco de lo sublime, la delimitación que significa lo faltante… Lo sublime, representado en la dimensión absoluta en la divina doble naturaleza animal…

Bueno, Carlos. Remito estas notas a bote pronto…

Un abrazo, MRS (02.04.19)

Carlos Jiménez:

Querida Montse, antes de nada, agradecer que te hayas tomado la molestia de leer mi digresión y de comentarla con la inteligencia y la propiedad con la que lo has hecho. Desde luego el tema de las relaciones entre Freud y Lacan es complejísimo, como bien señalas, y no fue el propósito de mi digresión y no es ahora, el de este comentario, explorarlo a plenitud y menos agotarlo. Pero aun así creo que nuestra discrepancia a este respecto, si es que se puede calificar así, se condensa en que tu tiendes a considerar a Lacan como alguien que se mantiene fiel al corpus teórico freudiano y que se limita tanto a hacer emerger del mismo asuntos que en él estaban implícitos, como de procurarle una fundamentación lógica al mismo. Algo de alguna manera equiparable a lo que intentó Gottlieb Frege con la aritmética. O Stegmüller con su proyecto de una reconstrucción racional de las teorías científicas. Yo tiendo a pensar en cambio, que la reelaboración lacaniana del pensamiento de Freud logra constituir un pensamiento que se apoya o se funda en sí mismo y que por lo tanto sobre pasa los limites habitualmente fijados por las interpretaciones de los interpretes más meticulosos.   Y es precisamente ese novus, el novus lacaniano, que intento condensar, primero, poniendo énfasis en el concepto de castración (re)elaborado por Lacan y, en segundo lugar, proponiendo el desplazamiento en el plano imaginario de las figuras privilegiadas por Freud de Edipo rey y del padre castrador de la horda primordial por la de Horus, el inconcebible hijo de un padre castrado, que es encarnación del deseo de la madre y que actúa en nombre del padre para reemplazarlo…. (03.04.2019)

Montserrat Soto:

Querido Carlos, no es molestia. Es un placer acercarme a tus digresiones en torno a las obras de Freud y de Lacan. Toda lectura del texto de ambos es de mi interés, más aún si proviene de campos que tránsito, pero no con autoridad: es lo que abre la lectura: me hace pensar.

Entiendo que no se pueden equiparar los intentos de Frege y de Stegmüller al de Lacan… Lacan, ante las lecturas postfreudianas que derivan en las psicologías del yo, retoma el texto de Freud para pensar su consistencia lógica y ponerla en forma lógicamente. Una lectura más lógica que topológica, cuestionando las lecturas mal fundamentadas. Cuestionamiento lógico y clínico, de ahí la modificación lacaniana de la técnica. Lacan toma el texto de Freud en su globalidad, pero no se aparta un ápice de la causa fundante: el inconsciente – repetición, de la imposibilidad lógica de la repetición, de lo que es el trauma. En ese quehacer de lectura va poniendo en forma los operadores clínicos derivados del discurso freudiano: el Nombre del Padre/ Nombres del Padre, el estadio del espejo, el mito edípico, la pulsión…

A partir de la década de los sesenta, pasado el inconsciente por la lectura estructuralista y ya introducidos los tres registros, Lacan da un giro en su formalización retomando los escritos anteriores a la segunda tópica. Freud funda un discurso, el del inconsciente, una formación política que Lacan trata de lógico – matematizar. Y lo funda interrogando la falta de respuesta terapéutica de la psiquiatría y la neurología de la época. Y en ello estamos, tratando de elucidar la logifización que Lacan puso en marcha, y su topología. Entiendo que esa es la novedad. Una lectura lógica del texto freudiano. Las aportaciones conceptuales de Lacan (las nociones de objeto a, los tres registros y el sinthome como cuarto nudo) resultan de un trabajo en progresión, un ir y venir a veces contradictorio, como también ocurre en Freud, aunque la contradicción no anula los supuestos anteriores, los pone en cuestión. Va yendo de la formalización lingüística primero a la lógico-matemática dando cuenta del inconsciente freudiano, atravesado por los saberes de la época que le tocó vivir. Es la aportación más lúcida al entendimiento del texto de Freud, sin dejar fuera a otros clínicos, especialmente a Winnicott…  por cuyo texto siento debilidad (me conmueve).

Ando a vueltas con la lectura de Klein a propósito de su trabajo sobre la función paterna en Freud. La noción de función, netamente simbólica, en Klein está absolutamente imaginarizada. Klein, una clínica extraordinaria, no pudo contemplar las vertientes simbólicas, ni su real, ni los efectos de lo real pensando lo paterno y lo materno como función articulada al deseo como lo faltante en el Otro, confundiendo las cosas con la Cosa (dije en alguna ocasión, a propósito de las lecturas de Klein sobre la sublimación artística). La falta está en el Otro, no en el cuerpo. Al cuerpo no le falta nada: es imaginario, es una construcción imaginaria; no es una función (ámbito simbólico). La falta es la humana falta de relación sexual. Y eso ya está en Freud. Está en los interrogantes sobre el análisis, en «el ombligo del sueño», en «la roca de la castración»… en el cuerpo de la histérica, en las fobias de Hans, en la terapéutica del delirio del Presidente Schreber… en las ratas y en los lobitos blancos… Distintos montajes pulsionales: unos sujetos al deseo, a la falta, otros desbocados. Distintas modalidades del mítico Edipo freudiano, de la castración, que es el deseo de la madre, el deseo de la función materna, su falta…, lo indecible… Las idas y vueltas sobre el fort -da tan bien leídas por Lacan, pero observadas por Freud. Ya ves, freudiana sin remedio. Y sin remedio también, leída por el texto de Lacan, por su posición ética ante la psiquiatría y el psicoanálisis, que es una expansión de lo que descubre la ciencia (conjetura tésica de Carlos Bermejo).

Cuánto más los leo/ soy leída, más consciente soy de la inmensidad de mi ignorancia… de mi ser consciente, con el imaginario que todo ser implica.

Desde un punto de vista clínico, desde mi entender y mi práctica que son aspectos de lo mismo, la aportación fundamental de Lacan es: la logificación del discurso freudiano y su acercamiento a las psicosis, una aproximación que da lugar a la clínica del funcionamiento ahí donde el Nombre del padre está forcluido, ahí donde la castración no existe, donde no hay falta; dónde falta la falta en el Otro, por su absoluta in- ex- sistencia. Freud lo trasmitió perfectamente en la lectura de las memorias del presidente… Aunque la terminología es otra, lógicamente.

Bueno, también esta nota a bote pronto… y agradeciéndote el interesante acercamiento a Horus. Un abrazo. Montse. (07.04.2019                   

Beatriz García Moreno:

Querido Carlos,

Sé que estoy respondiendo muy tarde tu mensaje y te pido me disculpes. Como explicación de la tardanza sólo puedo decirte que cuando llegó estaba en medio de un evento de psicoanálisis que hicimos en Bogotá, y yo era la organizadora. En medio de las muchas cosas que debía hacer pensé lo contesto luego, y ese luego se prolongó hasta ahora.

Es muy interesante y audaz lo que planteas. Como dice tu amiga Montserrat, no se puede leer a Lacan sin Freud, y algunos, como ella, piensan que ya todo estaba en Freud.  Yo creo que es cierto que hay que conocer a Freud a fondo y que los desarrollos de Lacan parten del pensamiento de Freud, que Lacan buscó darle una estructura lógica al pensamiento de Freud, pero en esa empresa también planteó un camino propio.  Un camino propio ligado a la clínica y a la época misma en que desarrolla su práctica.

Miller en diferentes lugares, señala al menos tres momentos en la enseñanza de Lacan.  En el primero, el énfasis estuvo puesto en  lo imaginario (finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta), el segundo en lo simbólico, (se prolonga hasta los inicios de los setenta) se refiere a lo que se ha conocido como la enseñanza de Lacan, en el cual, apoyado en la antropología y en la lingüística, relee a Freud y sitúa al psicoanálisis a nivel de la época, caracterizada por el dominio del estructuralismo y los pensamientos basados en los desarrollos del lenguaje. Pero lo hace sin ceder a lo que el psicoanálisis trae como más propio, lo relativo a la pulsión, que él llamó goce y ubicó en el registro de lo real, mediante la escritura del objeto a pequeño, que rompe la concepción de estructura tal como la proclamaba el estructuralismo. Ese amplio período tiene diversos momentos y cuestionamientos a Freud. En la época final, que se inicia en los setenta y se radicaliza al final de su enseñanza, Lacan hace planteamientos que lo acercan y alejan de Freud. Lo acerca el volver a darle una gran importancia a la pulsión y lo alejan, especialmente en lo relacionado con el goce femenino, no todo, que diferencia del goce fálico, y su pretensión del todo. Este pensamiento se formaliza a partir del Seminario 20 cuando plantea la fórmula de la sexuación, pero ya desde el Seminario 19, había proclamado el Hay Uno del goce, no sólo hay falta y deseo, sino goce singular de cada uno.

Bueno es un tema amplio y complejo. Gracias por ponerme a pensar.

Un fuerte abrazo,

Beatriz. (19.06.2019)

Carlos Jiménez:

Querida Montse, a Beatriz García Moreno, una psicoanalista colombiana que vive y trabaja en Bogotá, le envié en su día copia de mi texto “Edipo y Horus”, así como de nuestro intercambio de comentarios sobre el mismo, con el propósito de invitarla a participar en este último. Pero solo ahora, varios meses después de dicho invitación, he recibido en respuesta un comentario suyo sobre  “Edipo y Horus”, que se ha convertido para mí en un estímulo para reiniciar el diálogo sobre este último, ahora a tres bandas. (Su comentario va en el archivo adjunto)

Beatriz, aunque sin negar que el pensamiento de  Lacan sea deudor del de Freud, reconoce la diferencia entre uno y otro. Y para abundar en dicha diferencia cita el esquema de la evolución histórica del pensamiento lacaniano que identifica al menos tres grandes etapas en la misma, que obviamente son distintas de las que atravesó Freud en la elaboración del suyo. Y que  son una demostración adicional de la extraordinaria complejidad del pensamiento de Lacan que por sí sola supone un cuestionamiento a mi propuesta de cifrar o condensar la diferencia entre los corpus teóricos de ambos en las diferencias existentes en torno a la cuestión de la castración. Son tan complejos ambos pensamientos que hay suficientes otros motivos y tópicos en torno al cual establecer diferencias entre el uno y el otro. Pero si yo elegido privilegiar la castración es porque pienso que constituye una vía privilegiada de acceso a la cuestión crucial del lenguaje. Tendréis que convenir conmigo que si hay algún rasgo específico del trabajo teórico de Lacan no es solo  su tesis de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje sino su apelación a la lingüística como una instrumento singularmente apropiado para captar al lenguaje y por ende  la estructura del inconsciente. En este punto es muy clara la diferencia con Freud cuyo análisis del lenguaje, tan innovador en varios sentidos, no supera sin embargo los límites de la retórica clásica. Los conceptos de “condensación” y de “desplazamiento” tienen su correlato inmediato en los de metáfora y metonimia y en el análisis formal de los sueños todavía acude a la figura del jeroglífico. Lacan da un salto adelante y muy probablemente influido por la obra de Claude Levi Strauss apela a la lingüística para fundar la cientificidad del psicoanálisis sobre una base que considera más sólida. Cabe sin embargo señalar su instrumentalización  de la lingüística es por lo menos heterodoxa, como lo demuestra precisamente su elaboración del concepto de falo. Para él los genitales masculinos son el pene en el ámbito de lo real y el falo en los ámbitos simbólico e imaginario, adquiriendo en cada caso un significado distinto aunque entrelazado con los restantes, como de hecho están entrelazados por un nudo borromeo lo real, lo simbólico y lo imaginario. Su conceptualización de esta triada implica sin embargo una “anomalía” semántica  por cuanto para él el ámbito de lo simbólico es del signo lingüístico, como parece demostrarlo el hecho de que el inscriba  al falo como el significante de la castración en el ámbito de lo simbólico. Como bien se sabe la distinción significante/significado es característica de la lingüística y supone de hecho una ruptura con la larga y heterogénea tradición de pensamiento sobre el símbolo que se niega a reducirlo a los términos estrictos del signo lingüístico. ¿Por qué entonces inscribir esta fórmula decisiva de su pensamiento en el campo de lo simbólico si en realidad es lingüística? La respuesta probablemente reside en el hecho de que dicha fórmula se desliza al campo que Lacan califica de imaginario cuando evoca inevitablemente la larga e igualmente heterogénea tradición en las que las representaciones del falo completamente seccionado del cuerpo han sido objeto de culto y consideradas con frecuencia amuletos que garantizan la fertilidad o la potencian. El falo cortado aparece entonces como un símbolo tan formidable como paradójico del poder genésico. Un poder que resuena en la fórmula del falo como significante de la castración pero desplazado al lenguaje mismo por un Lacan que a pesar de todo insiste en  su apuesta lingüística. Este significante es un significante excepcional, un significante-amo como ha subrayado Slovaj Zizek, porque su poder se despliega sobre todo  en el ámbito del lenguaje donde opera como el significante por excelencia de ese corte, primordial por decirlo de algún modo, que no solo separa a la lengua del mundo sino que la constituye íntimamente. Cuando decimos que nuestro lenguaje, a diferencia del de los animales, es un lenguaje articulado lo decimos justamente porque esta escanciado por cortes que generan semas, discretas unidades fonéticas y/o semánticas que el hablante utiliza para componer discursos. El corte es por lo tanto tan arcaico como actual. Y da pie a esta reflexión de Cristina Márquez Rodilla: “El operador de la castración ya no será el padre de la Horda sino un operador simbólico que opera asépticamente”.

(Ver el símbolo votivo mas abajo)

(07.07.2019)